Cuando el avión llegó a Boston, Natalie y yo recogimos
nuestro equipaje para dirigirnos a nuestra nueva casa, mientras que, mis
padres, cogían otro vuelo que les llevaría hasta su adorada rutina laboral, así
que, pasarían meses hasta que volviera a verlos.
Rompían en dos mi vida, y ni siquiera se molestaban en ver
las consecuencias.
Lo que más me molestaba era la manera de ver a Natalie, verla
como una simple criada, alguien inferior a ellos. Mi abuela me enseñó lo
contrario, así que, como ellos no vivirían con nosotras, yo me comportaría como
ella me enseñó.
Una vez que llegamos a nuestro nuevo hogar, cada una en su
habitación deshizo su equipaje.
Era la primera vez que iba a esa casa, sabía qué hacía unos
años la compraron por el cariño que tenían a la ciudad, allí fue donde
consiguieron su primer gran contrato, siempre decían que era donde querían
jubilarse. La casa la compraron en un bonito barrio residencial, era una
vivienda unifamiliar de dos plantas, la fachada me pareció fría, todo ladrillo,
acostumbrada a mi casa de madera blanca...
Cuando bajé a la cocina ya estaba Natalie allí
con la mesa puesta, esperándome para comer. La noche anterior hablamos bastante
mientras guardábamos las cosas, así que, más o menos, era ya consciente de mi
manera de pensar. Estábamos sentadas en la mesa cuando la propuse algo que la
hizo sonreír.
- - Hagamos esto a mi manera, cuando mis padres no
estén en casa, que será la mayor parte del tiempo, seremos compañeras de piso.
Yo te obedeceré, evidentemente, porque soy tu responsabilidad, y no vería justo
que la confianza que pudiera llegar haber entre nosotras, te ocasionara
problemas con mis padres. Pero, por favor, nada de llamarme señorita, ni Evelyn, que lo odio, y
por supuesto, nada de uniformes.
Se quedó mirándome cómo pensando dónde estaría la trampa.
- - No sé si será buena idea, yo…necesito el dinero.
- - y yo me aseguraré de que lo recibas todos los
meses, las condiciones laborales con mis padres, no van a variar, solo la
manera de hacer las cosas en casa, mientras ellos no estén, para que nuestra
convivencia, sea más agradable.
- -Vale, confiaré en ti.
- -Gracias, no sabes cuánto significa para mí. Por
cierto ¿conoces Boston?
- -Sí, crecí aquí.
- - Estupendo, había pensado salir a comprar, que
necesito ropa, y cenar por ahí, si no te importa.
- - De acuerdo, así de paso, te enseño la ciudad, y
tu instituto, que no está lejos de aquí.
- - Si…conociendo a mis padres, debe parecer más un
club de campo que a un instituto.
- -Lo elegí yo. Tu madre me mandó la información de
tu instituto de Minnesota y yo escogí, conociéndote un poco como te conozco,
estoy segura de que he acertado.
Me tranquilizó bastante enterarme de eso.
No estaba acostumbrada a estar rodeada de tantos edificios,
el ruido me parecía excesivo, tanta aglomeración de gente me agobiaba, me iba a
costar mucho acostumbrarme a ello.
Natalie, para ayudarme a tener un sitio donde escapar del
ajetreo de la ciudad, me llevó a un lugar que no estaba lejos, era una zona
verde, con árboles y sin construcciones. Había bancos y mesas de piedra para
hacer picnic. Me pareció un rincón de paz en medio del caos.
Estuvimos toda la tarde de compras, después merendamos fuera
y cuando decidimos volver a casa, pasamos por la parte de atrás de mi nuevo
instituto, era un pequeño descampado, con árboles y bancos. Había bastante
gente, de más o menos, mi edad. Pero me llamó la atención un grupo que se
encontraba sentados en el banco más cercano a la cera por donde estábamos
pasando. Supongo que me llamó la atención, porque en ese grupo formado por tres
chicos y una chica, descubrí al chico más guapo que jamás había visto. Era un
poco más alto que yo, cabello rubio no muy corto, piel blanca, labios no muy
gruesos, rasgos suaves, aspecto angelical, con vaqueros y camiseta blanca,
calzado con una deportivas marrones.
Natalie me sacó del embelesamiento de un codazo.
- -Evy, te está mirando, deja de ser tan descarada…
Quité los ojos de encima de mi angelical objetivo y busqué
quien era el que quería mantener un duelo de miradas conmigo. No solía
arrugarme fácilmente, por norma ganaba estos absurdos pulsitos. Miré alrededor,
en busca de los ojos que me miraban, no tardé en encontrarlos, se trataba de
uno de los acompañantes de mi angelical desconocido. Cruzamos la mirada, la
aguantamos. Este chico era más alto, castaño oscuro, ojos marrón verdoso en los
que era fácil perderse, labios carnosos y definidos, atlético…sus vaqueros eran
grises, su camiseta turquesa de “Led Zeppelin” y una pulsera ancha de cuero
negro en su muñeca derecha. Su amigo parecía un ángel, el daba la impresión de
lo contrario, él era de chico duro.
Este pulso lo perdí, era tal la intensidad de su mirada que
tuve que optar por esconder mis ojos tras la visera de mi gorra y asumir mi
derrota. Jamás me habían mantenido la mira de esa manera.
¿Te he dicho ya que los padres de la criatura me caen como el culo, no? Pues Natalie, todo lo contrario. Me cae mú rebien.
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