jueves, 27 de agosto de 2015

Por aquellos momentos -Capitulo 1 parte 2-

Me sorprendió la manera de buscarme, se le veía nerviosismo e impaciencia. Cuando su mirada llegó al rincón donde yo me encontraba, sus pasos empezaron a acercarla hacía mi posición, no apartaba su mirada de mí, iba disculpándose con todo aquel que intentaba pararla. Cuando llegó a mí, se agachó dejando su rostro a la misma altura que el mio. La observé con atención, buscando en ella esos rasgos por lo que me decían que eramos tan parecidas. En personalidad era totalmente opuesta a ambos. Me trataban como si de un cliente de su empresa se tratase, eran fríos, distantes. Mi padre era rubio, alto, ojos azules, mientras que mi madre y yo apenas llegábamos al 1'70.
Cuando me fijé en el rostro de mi madre, encontré unos ojos marrones oscuros, casi negros, profundos, los míos se diferenciaban por las pinceladas grises, la forma de mi nariz era más parecida a la de mi padre. Los labios, por el contrario, eran de ella, carnosos y bien perfilados, al igual que el corte de cara y el cabello negro, ese que a ella la encantaba llevar siempre con recogidos o muy repeinado si iba suelto, yo siempre he preferido llevarlo suelto bajo una gorra o con una coleta alta.
Volvió a sacarme de mis pensamientos cuando me cogió de las manos mirándome a los ojos mientras, con una suave voz forzada, me dijo:
- Hija, lo siento ¿Cómo estás?
La devolví la mirada y me sentí más sola que nunca.
-Se ha ido, me ha dejado sola...
Las lágrimas inundaron mis ojos y mi cuerpo comenzó a temblar.
A pesar de tratarse de su madre, su semblante frío y duro no varió en ningún momento.
Necesitaba tanto un abrazo, un hombro donde llorar hasta secar mis ojos, pero no lo obtuve, tan sólo recibí una caricia en la cabeza y una disculpa para irse a atender a las personas que habían asistido.
Lo peor llegó en el momento del entierro, ver como bajaban el ataúd, toda esa tierra cubriéndolo...era la confirmación de que jamás volvería a verla. No aguantaba más, mis piernas, mi cuerpo entero no aguantó más y caí de mi silla de rodillas al suelo, llorando, sumergida en lágrimas y dolor. Mi madre se limitó a levantarme para sentarme de nuevo en mi silla pidiéndome que mantuviera la compostura...mi corazón se rompía más por momentos.
-Evelyn, por favor, compórtate, no me abochornes.
-Déjame en paz, la única que abochorna a alguien, eres tú a mí.
Cuando salimos del cementerio, nos dirigimos a la casa. El trayecto era corto, apenas seis minutos en coche, pero la frialdad en el ambiente lo hacía eterno. El silencio reinaba en el vehículo, no pude evitar pensar que eso era lo que me esperaba a partir de ahora. Angustiosos y eternos silencios, en vez de largas conversaciones, mezcladas con risas y buenos momentos, que era a lo que estaba acostumbrada.
El coche se detuvo en la puerta y desde su interior observé el que siempre había sido mi hogar. Esa hermosa casa de madera blanca, el porche que la rodeaba por completo, donde me encantaba sentarme a escuchar la lluvia caer mientras que me impregnaba cada poro de mi cuerpo con ese inconfundible olor a tierra mojada. Las grandes ventanas en ambas plantas para aprovechar cada rayo de sol en cada rincón. las plantas de alrededor, a las que tanto tiempo y cariño les dedicaba mi abuela todos los días...¿quién las cuidaría ahora?
Bajé muy despacio del coche, como esperando que todo hubiera sido una pesadilla y fuera a despertar en cualquier momento. Pero a pesar de la lentitud de mis pasos, eso no sucedía. Me empecé a mentalizar que me iba a costar mucho aceptarlo y hacerme a la idea de que todo había cambiado.
Al llegar a la puerta, vi que mi padre sacaba las llaves de la casa de su bolsillo ¿cuando y quién se las había entregado?
Las introdujo en la cerradura con total naturalidad y las giró mientras, que sin mirarme, habló dirigiéndose a mí:
-Evelyn, en cinco minutos en la sala, tenemos que hablar contigo.
Era lo primero que me decía desde que llegó, definitivamente era como uno más de sus muchos clientes.


No hay comentarios:

Publicar un comentario